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El Álbum de figuritas de Che

Revista Nº4 /

Todavía es de no􏰀e. La cama se abre como un capullo que estuvo en reposo todo el invierno y deja salir el calor nocturno. Bostezo. Me saco las lagañas y me peino mal con el peine de color ámbar recién mojado. Cargo la mo􏰀ila. Me abro􏰀o el guardapolvo en forma irregular y, mientras recorro la habitación para 􏰀equear que nada necesario haya sido obviado, me doy cuenta de que sí me estaba olvidando de algo. Lo más importante, lo que le iba a dar sentido al resto del día repartido en dos recreos. Esa torre babilónica de imágenes. Ese pilón gigante de las “repetidas”.

Amanece. A medida que voy caminando las cuadras que separan mi casa de la escuela, el cielo se va aclarando y la nariz, enrojeciendo por el frío. El viento y las ramas sin hojas que se mueven me obligan a meter las manos en los bolsillos, repletos de figuritas, haciendo que el olor a pegamento, tinta y papel se me quede por varias horas en la piel. El timbre se escu􏰀a a lo lejos, y las baldosas parecen temblar por mi estrépito zapateo y el de cientos de 􏰀icos que estamos llegando tarde.

A ellos y a mí la corrida nos resulta difícil por la preciada carga que llevamos en los bolsillos para al trueque. La maestra dice algo in- comprensible. Algo sobre los ríos principales de Europa y sobre un notificado que nos iba a dictar para nuestros padres: nada importa. De nuevo el timbre, pero esta vez más fuerte, más emocionante. La adrenalina sube y las miradas cómplices viajan de pupitre a pupitre. Algunas cerrando tratos ya establecidos; otras, expectantes.

La maestra abre la puerta. Todas sus compañeras en las otras aulas la imitan y la avalan􏰀a comienza. Mi ubicación generalmente es una esquina, entre la ventana del 5o “B” y la puerta del 3o “A”. Desde ese lugar es posible ver todo el patio y, por haber rondado la misma zona en los últimos dos años, varios compañeros saben dónde encontrarme.

Recuerdo que mis objetivos eran tres dinosaurios para llenar la doble página de las transparentes. El triceratops estaba capri􏰀oso y no quería asomar en ningún sobre. Un par de superhéroes secundarios y mu􏰀os monstruos de un álbum de horror, tampoco. Absolutamente ninguno estaba pegado en una página que se perfilaba como un desierto debido a la mala suerte. “Che cabezón -me dice mi compañero Pablo- mirá la que conseguí”. Él estaba juntando el especial doble de Los Halcones Galácticos y los Thundercats. No figuraban entre mis favoritos, pero tenía que reconocer el fino trabajo de la cromada que mi amigo había conseguido. “Me costó 15 de Dragon Ball Z”, terminó diciendo, agitado por la felicidad.

Pablo comenzó a decir algo, pero lo interrumpieron tres pibes de grados inferiores, enterados de que él tenía mu􏰀as de todas y sobre todo, de series japonesas.  Langelotti, Cornaccioli y Gonzalo Blanco eran los futboleros. Ellos solo se concentraban en el torneo Clausura, el Apertura, en los mundiales y en mirar de reojo mis figuritas. Sabía que no dimensionaban lo que era coleccionar de verdad, lo lindo que es. Cuando uno colecciona, sobre todo en el caso de las figuritas, debe tener una memoria privilegiada para distinguir en pocos segundos, mientras las imágenes pasan rápidamente entre los dedos de los compañeros, cuáles figus se necesitan para seguir completando el álbum.

Ahora, ciencias naturales. La fotosíntesis de dere􏰀a a izquierda. Pablo dos bancos adelante mío todavía sigue apreciando la cromada y varias más que ganó. Tuvo una muy buena mañana y parece que si sigue así, cierra el álbum. “Gutiérrez, deje eso”, grita secamente la maestra. Injusto reto. Ella no sabe lo que significa tener La Cromada. Pero él sí sabía que si seguía  probando su suerte, se arriesgaba a perderla para siempre en la cartera violeta de cuerina de la más adulta en el aula. Creo que, en ese mo- mento, todos pensamos: “guardala gil”. Estoy seguro de que el mensaje le llegó telepáticamente, porque, pálido, la resguarda de inmediato en el bolsillo del corazón.

SEGUNDA OPORTUNIDAD

Termino de copiar y 15 segundos después suena el timbre de nuevo. Tomo el pilón y salgo más decidido, aunque íntimamente me conformo con alguno de los superhéroes de segunda: los Gemelos Fantásticos y Linterna Verde.

Miles de guardapolvos blancos van y vienen. Sánguches (cómo todos lo dicen), grupos de ca- churras montando a otros de burras, cochecitos y gritos, muchos gritos, es todo lo que se siente. De repente un alarido estrepitoso corta la vida del patio. Al gordo Morales, otro compañero, bueno, grandote, se le acaba de caer el pilón principal, donde hay muchas figus de coches y fútbol y aviones. Como un vikingo, empieza a blandir sus largos brazos para evitar que se le vengan encima treinta y cinco pibes.

Sigo caminando y veo que dos o tres 􏰀icos con el guardapolvo pintado y escrito, cambian algunas, casi en secreto. Chicos más grandes, 􏰀icos de séptimo. Hay que ser un guapo para aventurarse y arriesgarse a cambiar figuritas con los más grandes: son más rápidos, más fuertes… Y, encima, tienen algo que el resto de los grados no: rarezas. Y no solo las difíciles, también las “extravagantes”, de años anteriores por tener más edad.

Entonces pruebo suerte y me acerco. Como un relámpago veo a uno de los X-MEN entre sus montones y el corazón se me acelera. Nadie de mi grado las junta. A no muchos les gustan esos superhéroes mutantes. Pero a los más grandes sí. Desde hacía tres meses venía juntando el álbum y me faltaba una. Una sola del álbum más raro que había tenido. Me faltaba una de Magneto. No era la más linda, ni la mejor dibujada. Ni siquiera una clave, era la parte final de una pierna que, junto a otras cinco, formaba una página entera compuesta por dos columnas verticales de tres figus cada una.

Pero era la difícil. Era “mi difícil”. Era la que me faltaba para completar el álbum.
Entonces, todos se callan. Uno me pregunta qué tengo. Nervioso, muestro tres pilitas. El colorado con aparatos del medio me dice, sonriente: “Ché, no sabía que tenías X-MEN, chabón. A ver, mostrá”. ¡Mordió el anzuelo! Había visto bien y las palpitaciones me retumban en los oídos. Late, late, late, late. Late, parece ser la única palabra que el pibe conoce. Tengo las manos empapadas y las figuritas empiezan a ondularse por la hu- medad. Paso 35 y ninguna le interesa. Se hace el interesado y no me detienen nunca. Me lo quede mirando fijo y suena el timbre. No había podido ver qué tenía él y sus amigos lo golpean suavemente en el brazo y le dice: “Vamos Marcos”. Vamos Marcos. ¿Qué vamos? ¿A dónde? Tenía ganas de gritarle, pero apenas puedo emitir un tembloroso: “¿Puedo ver qué tenés?” Fastidiado se da vuelta y me dice: “dale, rápido”. Las pasaba de hasta tres en tres. Otras no se veían. Las profesoras se asoman gritándole a los rezagados para que entren y entiendo que mi tiempo se agota.

Y de repente aparece. Ahí está: violeta y roja. Una bota y una rodilla. Ahí está la pierna de Magneto que me falta. Le grito. Me atraganto. Y le vuelvo a gritar: “¡ESA! PARÁ!” Ni nola, ni ningún código. Me mira como miraban los más grandes y dice: “bueno, todas”. Quería todos los pilones. Dudo unos segundos, pero la de Damocles pin􏰀a y se que no puedo dejar pasar la oportunidad. Una profesora grita mi nombre; otra, el de Marcos.

A la tarde, mi abuelo me trae tostadas y té con leche. Siempre me quedaba con ellos hasta que mi vieja pasaba a buscarme después del trabajo. Me sonríe y me pregunta: “¿te traigo una lapicera?” Le sonrío a mi vez y le doy las gracias. Con la azul en mano, abro la última página del álbum y tacho el casillero faltante. El de la pierna de Magneto.


EN EL SOBRE, EBER LUDEÑA,
EL CRACK DE LAS DIFICILES

Protagonista de las páginas menos destacadas del fútbol argentino, Eber Ludueña recuerda cuándo y por qué formó parte de un álbum de figuritas. -¿ Qué álbumes de figuritas coleccionaste?
-Coleccioné todas los de los mundiales, desde el 70 hasta acá, siempre buscando a ver si en alguno aparecía. Guardaba la secreta ilusión de enterarme de que iba a jugar un mundial por las figus, o aparecer, por error, en lugar del Hacha Ludueña. Pero no. Mi favorito es el de Italia 90, el último mundial romántico, con pantaloncitos cortitos, muchos jugadores con bigotes, mucho rulo desenfrenado. Un mundial con glamour.

-¿Qué figurita recordás como la más difícil?

-La de Carrascosa en el Mundial del 74. Y de las últimas, la de Schweinsteiger, por lo difícil que es pronunciarlo. Me faltaba esa, fui al parque Rivadavia a cambiar, y no pude. No porque nadie la tuviera, sino porque no llegaba a pronunciarlo. Muy difícil.

-¿Fuiste figurita alguna vez?

-Sí, iban a ser figus de famosos y estaba en la página de actrices. Aparecía de la mano de Laura Bove. Pero hubo lío con Silvia Peyrou, porque lo de Laura fue pasajero. Pero como a cada rato había que cambiar la imagen, el proyecto se cayó.

-¿De chico jugabas con las figus? ¿A qué?
-¡Sí! Jugaba al chupi, al punto y al espejito con las figus de cartón y las de chapa. Como en el fútbol, era muy limitado. Me salían llagas en las palmas de las manos por jugar con tanta violencia. Pero un día dio sus frutos: jugué con las figus de chapa y la hice dar vuelta. Aún hoy, a 35 años de aquella hazaña, hay un amigo que me lo recuerda.