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Agustina de Alba: La chica del vino

Revista Nº8 /POR DANIELA DINI
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Joven, fresca y talentosa, con solo 27 años y ganadora dos veces del Concurso Mejor Sommelier de Argentina, Agustina de Alba representa a toda una nueva generación de consumidores y toma la posta de un gran desafío: comunicar y acercar el vino a la gente.

Tenía solo quince años cuando llegó a Mendoza casi por casualidad, en unas vacaciones con su papá Marcelo. Fue amor a primera vista: desde ese momento, Agustina supo que quería ser sommelier, y no paró hasta lograrlo. A los 18 empezó la carrera en la Escuela Argentina de Sommeliers (EAS) –aunque intentó inscribirse mucho antes pero tuvo que esperar hasta tener la edad permitida– y brilló desde el principio. Se recibió con honores y batió todos los récords cuando ganó su primer concurso como Mejor Sommelier de Argentina a los 20 años, título que volvió a alzar a los 24. Después de haber trabajado en todo el mundo – estuvo en lugares tan dispares como el Perito Moreno, Mendoza, África, Inglaterra y hasta hizo un stage en el Celler de Can Roca, en España, en 2013, elegido mejor restaurant del mundo ese año–, después de cuatro años de servicio en Aramburu –puesto número catorce entre los 50 Mejores Restaurants de América Latina, según la Guía San Pellegrino–, hoy sigue su carrera más allá del servicio: le pone la firma a las cartas de restaurants como Aramburu, Harturo y el de próxima apertura del chef Borja Blázquez, entre otros; dicta clases en la EAS; hace degustaciones; arma cavas privadas, y hasta lanzó su propio vino, Blanc de Alba, a fines de 2014 junto a otro joven talento, el enólogo Juan Pablo Michelini.


Los jóvenes se interesan cada vez más por el vino. La típica pregunta es, ¿cuál es el mejor vino por menos de 100 pesos? Es algo que va a crecer cada vez más, está buenísimo.


Sigue siendo una viajera empedernida –viaja y se capacita constantemente, y entre sus logros, el año pasado se entrenó en Canadá con Veronique Rivest, la mejor sommelier mujer del mundo–, pero siempre vuelve a Argentina. “Sigo eligiendo mi país, siento que hay mucho por hacer, no solo desde el terroir sino también en la comunicación del vino. Quiero ser parte de todo lo que está pasando acá.” Y en esa noble misión está comprometida.

–Empezaste a los 17 años, ya pasó una década. ¿En qué cambió el mundo del vino para vos y tu pasión por la profesión en ese tiempo? ¿En qué cambiaste vos?
–Siento que empecé a los 15 en verdad, que fue cuando descubrí mi pasión por esto. Fue todo un trabajo explicarle a la gente, a mi familia, a mis compañeros de clase y a los profesores que nos daban orientación vocacional que yo ya sabía lo que quería: iba a ser sommelier. En ese momento era “sapo de otro pozo”. Creo que la que cambió en estos años fui yo y mi forma de ver y entender el vino y su significado. Uno va madurando: hoy huelo y pruebo un vino y puedo entender o imaginar qué quiso hacer el enólogo, de dónde viene, qué estilo tiene. Los primeros años de carrera me esforzaba mucho por detectar mil aromas posibles: cuero, tabaco, frutilla, vainilla… y me estresaba. En ese momento pensaba que el vino pasaba por ahí, por encontrar los descriptores aromáticos. Después me di cuenta que quizás para muchos pasa por ahí y para mi pasa por otro lado, más allá de tener una buena nariz. Cuando empecé a estudiar era una nena llena de ilusiones, que contaba las horas para vivir el vino. Cuando comencé con mi primer trabajo en Los Notros, en el Perito Moreno, como camarera, sabía que los días que la sommelier de turno tenía franco yo era su reemplazo, y anotaba en un calendario los días que le quedaban, porque mi ilusión era trabajar como sommelier, recomendarle y servirle vinos a la gente. Recuerdo esos tres días de franco de ella que eran mi gloria. Hoy no espero el momento para sentir el vino, porque el vino forma parte de mi forma de vida.

–¿Y cómo te parece que cambió el mundo del vino en general? ¿Cambió el consumidor? ¿Hubo un cambio desde las bodegas, los enólogos? –Sí, creo que hubo muchos cambios. Por un lado, el consumidor: creció el interés por el mundo del vino, cada día hay más gente interesada que tiene ganas de saber, de aprender, de entender qué está tomando y de elegir según variedad, origen o enólogo preferido. Después también hubo cambios muy fuertes en cuanto al estilo de vino. Creo que eso surgió gracias a la nueva generación de enólogos que tienen una forma diferente de pensar el vino, crean vinos más frescos, más livianos, más gastronómicos. Como ellos dicen: “son vinos de sed, cuando estábamos acostumbrados a vinos más potentes, sobremaduros, con mucha madera”. Ahora es el momento de los vinos de terruño, que expresan la fuerza de un lugar. Lo más lindo es que cada año hay más diversidad en Argentina.

–¿Te costó o te cuesta ser mujer y además tan joven en un mundo masculino como lo es el del vino?
–Mmm… sí costó, no por ser mujer, por ser joven. Siempre sentí que tenía que explicar o justificar por qué había hecho las cosas que hice siendo tan chica. Lo que más me marcó en ese sentido fue ganar mi primer concurso como Mejor Sommelier de Argentina a los 20 años.

Fue una gran sorpresa, incluso para mí, pero me sentí muy cuestionada. Hoy con 27 todavía me pasa, pero en el fondo, cuando me conecto con mi verdadero deseo todo se da. En ese sentido tuve mucha suerte de encontrar a las personas indicadas en el momento justo. Siempre digo que el vino me abrió las puertas del mundo.

–¿Qué es lo que más te apasiona de tu trabajo?

–La gente. La gente que vive del vino es muy especial y por lo general muy apasionada. Están en esto porque lo eligen día tras día, desde enólogos, agrónomos, sommeliers, docentes, periodistas, los clientes. Es un mundo apasionante. Trabajé 10 años seguidos en servicio, en distintas partes del mundo, sin parar: África, Inglaterra, España, Argentina, y de cada lugar me llevé experiencias únicas. Gracias al vino conocí gente que de otra manera no hubiese conocido. Por otro lado, me emocionan los vinos con historias, los vinos que expresan un lugar, su gente, y lo que más me apasiona es comunicar el vino y acercar a la gente a este mundo. De chica mi sueño era viajar y conocer gente, y encontré al vino como la excusa perfecta para trabajar en cualquier parte. Hoy, que estoy más grande, sigo disfrutando de todo eso pero también disfruto mucho de comunicar el vino, de desmitificarlo y acercarlo.

–El vino argentino en el mundo está asociado al Malbec. ¿Qué pensás sobre esto? ¿Cómo nos mostramos al mundo hoy, qué se viene?
–Si, el Malbec fue nuestra llave de entrada al mundo, nuestro puente. Ahora creo que en el mundo, los críticos y los consumidores nos están empezando a conocer por nuevos estilos, por otras variedades, por nuestro terruño. Todo depende de qué país se trate. Hace poco estuve catando para el Argentina Wine Awards y me tocó compartir el panel de cata con periodistas de Estados Unidos. Ellas tenían en mente que Malbec era igual a uvas maduras, mucha madera, mucho cuerpo y súper goloso. También tiene que ver con la oferta de los vinos que hay en cada país: en Inglaterra, específicamente en Londres, creo que la variedad de vinos es mayor y la gente habla de Malbec pero de estilos, de regiones. Al menos eso me pasó cuando trabajaba allá en el restaurant Gaucho e imagino que hoy debe ser todavía mayor el conocimiento de nuestros vinos. Igualmente, en el mundo somos conocidos por nuestros tintos, y yo creo que tenemos un gran potencial con blancos también, pero, tiempo al tiempo, todo llega.

–Cómo sommelier vos vas más allá del servicio. ¿Cuál sentís que es tu rol hoy día? ¿Qué comunicás?
–Comunico el vino. Los sommeliers estamos todo el tiempo comunicando, más allá de donde trabajamos: ya sea en un restaurant, en una bodega, en una feria, escribiendo. Cuando empecé la carrera comunicaba información más técnica. Hoy lo hago desde un lado más personal, con mi mirada. Al menos eso intento. Creo que el vino es una bebida muy sensible y cada uno lo disfruta, lo entiende y lo comunica a su manera, y eso es lo lindo, la diversidad. Para mí lo más importante es acercar el vino al consumidor y desmitificarlo un poco: no todos los buenos vinos son carísimos, ni tampoco los sommeliers estamos para vender lo más caro, sino todo lo contrario, estamos para buscar la mejor opción para cada uno.

Me emocionan los vinos con historias, los vinos que expresan es comunicar el vino y acercar a la gente a este mundo.