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Narda Lepes: Te lo dije

Revista N°12 / POR ARIEL COHEN Y SEBASTIÁN PÉREZ CALLEGARI

Narda le cambió los ingredientes y la presentación a la cocina argentina. Con su forma auténtica al comunicar, abrió las puertas a un nuevo paradigma. Sí, es madre, chef, conductora y viajera.

“Soy muy buena prediciendo –se ríe–, para lo chico y para algunas cosas grandes también. La pego con la gente y  con cosas locas. Muy locas, posta. Por ejemplo, cuando Maradona era técnico de Racing, dije que debería serlo en la selección y que lo ayudara Bilardo. Me dijeron de todo, pero… ¿Eh? ¿Qué pasó? A ver, ¿más exacta la querés?”. 

narda02Marca País Argentina, a sus 43  años, Narda Lepes Miranda es una de las cocineras locales más respetadas. Nació en Bue

nos Aires, en pleno centro: Reconquista y Paraguay, para ser exactos. Vivió 5 años en Venezuela y estudió un tiempo en París antes de volver para quedarse. “Para mí, agua, estoy bien”, le dice al chico que nos atiende, que le sonríe de forma sutil por saber quién es. “Estoy con una dieta de jugos, después les paso la receta”.

—Rompiste un paradigma fuerte por cómo sos, por hablar de esa otra manera. Más fresca.

—Las cosas pasan. Yo hablo así y así

salió. No me dejan decir malas palabras por ejemplo. En el primer casting, que dicho sea de paso caí por casualidad, hice un sándwich. Algo que me comería. No me importaba, la verdad, estaba muy ocupada en muchas cosas y no le puse atención. Relajada, conté una anécdota boba y gustó.

—Y sin querer, queriendo, arrancaste en la tele.

—Y sin querer queriendo, arranqué en la tele. Se dio.

—Tenés dos libros, uno de guía de compras de Buenos Aires y otro que se llama Comer y pasarla bien. De 2008 a 2013 ganaste un Martín Fierro, uno atrás de otro, y ahora en 2015 se repite. Sos tan conductora como cocinera. ¿Te gusta el mundo de la tele?

—Sí, pero no cualquier cosa, elijo  y pruebo. Por ejemplo, hacer Tu vida más simple fue muy divertido. Estar en esos proyectos está bueno. O el programa de las recetas de doña Petrona. Si lo hacía otro me mataba, quería hacer el no cool. No podés ser siempre la cocinera joven. La música, ese no sé qué, no dura eternamente.  Aparte —dice poniéndose mucho más seria y mirando fijo a los ojos—, el poder de compra en el 70% de las casas, la que elije qué se come en las casas es la mujer. Quiero generar un cambio, el target que busca el aspiracional ya está y busca solo, es tendencia. Me busca a mí como a tantos otros. Pero si quiero llegar a más gente y enseñar a comer, tengo que ir más a lo coloquial. A lo simple. Muchos hombres se engancharon con el programa.

—¿Venís de mucha mixtura en tu casa? ¿Influyó para que buscaras y fueras curiosa?

—Sí, familia de origen croata, catalán y parte de español. Mi marido es de origen esloveno. Todos con carácter muy templado, ¿no? Tengo mucha curiosidad en general. No me gusta sentir que sé. Trato de ser lo más humilde que puedo. La realidad es que uno cree que sabe, pero no sabe nada.

—De muchos lugares del mundo desde la cuna a muchos lugares por el mundo. Transmitís de una manera muy real y única los viajes.

—Me encanta viajar. Lo hago sola de la misma manera que viajo con la cámara. Me meto en la casa de la gente, sobre todo, por la impunidad que te da la misma cámara justamente en lugares donde no te conocen. Lo bueno de que no sepan quién sos es que no se crea ese clima diferente “porque lo va a ver la vecina”. Por esto, siempre los programas de viaje los hicimos en lugares donde no se iba a transmitir.

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—Cuando viajás sos sumamente activa en las redes sociales. ¿Las manejás vos directamente?

—Soy muy práctica, la parte romántica del viaje es más para uno creo. Mirá esto, pum, le saco fotos y te lo muestro. Mi marido es el fotógrafo, él saca las buenas. No le doy mucho tiempo a la parte poética. Soy cortito y al pie, salvo cuando te hablo de comida o cómo comer, ahí detallo. Instagram la manejo solo yo y nadie se mete, Twitter tengo 2: uno más comercial con su management en una oficina, el otro lo uso yo. Y Facebook es una combinación de recetas, aunque a veces me cuelgo, y me dicen: “Che, pero hace 3 meses que no metés nada”.

—¿Y cuando viajás por el país?

—No voy con cámaras. Por Argentina viajo para cocinar, hablar y aprender. La cocina es más una excusa para conocer. Ponele, ahora estamos haciendo Pueblo Abierto y volvimos de Cachi. Conocemos a los productores de la zona generando eventos abiertos. Hablamos con ellos y los ayudamos a que vendan sus productos directamente. Se arma una cadena de compra con los ingredientes y productos locales. Con el grupo de cocineros que vamos simplemente comunicamos lo que la gente de ahí hace para que lo vendan directamente.

Algo que no estilan, porque vendían a copiadores. Obviamente, con medios muy exclusivos y muchísimo trabajo en redes. No son lugares populares y tienen un difícil acceso. Tampoco podés sobreexponerlos, porque los matás. Es muy delicado y cuidado el trabajo que se hace. No están preparados para quedarse “debajo del foco”, el lugar se hace pelota si no. Hay algo muy bueno ahí, se deja y se aprende.

—¿Desde cuándo cocinas?

—Desde los siete años, me gustaba comer y cocinar. ¡Bah!, me gustaba más la ropa. Qué sé yo, le diseñaba la ropa a las Barbies. Yo ni sabía que iba a venir a parar acá.

—Y tus padres, ¿qué hacían cuando eras chica?

—Mi viejo es publicista, armaba y desarmaba stands, mucha arquitectura publicitaria y todo lo que tenía que ver con producción. Mi vieja un poco de todo, era fotógrafa, diseñaba ropa; por eso, siempre había ropa dando vueltas en casa; y después hizo algo de cocina. Siempre había ese espíritu libre por así decirlo en el ambiente, muchos artistas. Pero rodeada de ese mundo, no quise dedicarme a nada de eso.

Tengo una amiga que me está haciendo un anillo que dice TLD pero mirando para afuera, para vos.

“Te vengo diciendo cómo se hace la comida hace mucho —dice pausadamente—, tenemos que saber de dónde viene la comida. Hay que comer mejor carne y menos cantidad. Tenemos que construir y avanzar para contar con más opciones, con más información. Si es de pastura, de qué zona viene, qué especie. Después que cada uno elija. Hay personas que compran por ternura de la carne, yo voy por el sabor. La trazabilidad es por ahora bromatológica nada más. Hay una reculturización en la comida en nuestro país y tenemos que aprovecharla. Si no querés saber de dónde viene la comida está mal. Hay que ser muy responsable, además, a la hora de comunicar. Por ejemplo, ahora estoy comiendo menos harinas. Pero no digo: no hay que comer harinas. Ahora simplemente como menos.

También aclarar que es harina y no los carbohidratos. Vos no podés dejar de comer carbohidratos, es pésimo sacarlos de tu dieta.

—¿Cómo aprendiste todo esto?

—Lo fui aprendiendo y probando. Hay cosas totalmente opuestas, y ambas posturas son correctas. Pero hay que informarse mucho. Siempre atento de quién lo dice, cuándo y por qué. A mí me da lo mismo que sepas hacer mi receta o no. La idea es que aprendas realmente a cocinar, a improvisar, y a comer bien y sano.

—Con tus súper poderes de vaticino descubriste a Lele Cristóbal.

—No —aclara—, lo obligué a mostrarse. Él sigue igual, es un fenómeno.

—¿Te mantenés al margen del universo cocina?

—Trato de unir, de adentro y de afuera, tengo muchos amigos cocineros. Hay de todo y uno aprende a moverse con más calma. Hay quilombos que se ven venir y los evitás. Pero hay un mejor rumbo ahora, está todo más unido. Trato de decir poco y hacer mucho, y ese mucho desde atrás.

—¿Hacia dónde rumbea la cocina argentina?

—Internacionalmente, creo que vamos a tener menos restaurants en el 50 best. No nos pusimos muy de acuerdo y salieron muchos, más adelante vamos a votar a menos y mucho más. A nivel internacional, hay que tener en cuenta un montón de cosas, los que salen afuera representándonos tienen que tener un combo igual. Todo trasheado no da, o que no puedas cocinar con otras personas. Tenés que contar con la soltura y cintura para ponerte a su altura, ya sea haciendo pizza o con un estrella Michelin. Si te hacen una entrevista tenes que aprender a contestar sin una guarangada.  Tenemos que capitalizar lo que tenemos. En Latinoamérica nos consideran súper chic. La nieve, el gaucho, la ciudad, la cultura, caminar por la calle. Damos “cheto”. Por eso hay que analizar una marca y hacerla global a partir de sus fortalezas. Una marca real, una mixtura autóctona y chic. No es lo mismo venderle al mundo que viene a buscar eso. Una cosa es el mercado interno y otro el externo.

—¿Entra el trabajo a tu casa?

—Lo hago mucho y me gusta, pero aflojo. Me voy de vacaciones 2 semanas y chau. Aparte durante el día también soy mamá y hago 20 millones de cosas. Ella siempre viene conmigo y no tengo niñera.

—¿Cocinás cuando llegas?

—Ensamblo. Ramona deja hecho y se va. Hace lo que quiere porque cocina hace 50 años.

Las cosas pasan. Yo hablo así y así salió. No me dejan decir malas palabras por ejemplo. En el primer casting, que dicho sea de paso caí por casualidad, hice un sándwich.

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—¿Un libro? —La conjura de los Necios.
—¿Una peli? —La guerra de las galaxias, así que estoy esperando.
—¿Una banda? —Blur, la fui a ver hace poco y no me decepcionan nunca. Están perfectos. Un show increíble, todo increíble.
—¿Un lugar en que te guste cocinar en Argentina?—Piensa mucho y elije del montón: —Mendoza, hay mucha huerta, muy buena verdura. Y es difícil de encontrar a veces.
—¿Qué te gusta comer? —Todo, pero mucho lo vegetal con sabor.
—¿Tres ingredientes? —Sal, limón y aceite. O alguna grasa.
—¿Te queda algo en el tintero que tengas muchas ganas de hacer? —Muchas cosas, banda, en realidad, trato de no decirlas para que no suene grandilocuente, porque tienden a ser grandes. Algunas pude hacerlas. Creo que hay algo roto en la relación de los niños con los alimentos. Hay una ventana entre los 9 y los 12 años. Hay que enseñar cómo hacer la comida y cómo comerla. Ir a lo más básico de todo, arrancar por lo vegetal y por los granos. A ver, si el poroto al dente es una porquería, tenés que cocinarlo mucho. Qué se hace con ese alimento. Va mas allá de cocinar, ¿me entendés? ¿Esto se hierve? ¿Se hace a la plancha? Esto es coliflor, tomá, si lo hervís tiene olor, si lo dorás garpa. La palabra “nutriente” es la etapa dos y ni debería existir, o sea, es directamente: esto es comida, esto no es comida. Esto es comida, esto es comer giladas o un premio. Hay gente que no tiene elección, pero cuando la tenés hay que dar las herramientas y que se aprenda. Y no existe el “no tengo tiempo”. Está perfecto que te quieras hacer las uñas, o ver adónde se fue de vacaciones una mina que no te fumás por Facebook, pero no digas que no tenés tiempo. Hay tiempo para todo, pero lleva laburo, gordi. Probá, probá, probá y con constancia. La pregunta es: ¿cuánto te importa? El que tiene dos laburos y viaja una hora en bondi: ese no tiene tiempo.